Personas jóvenes susceptibles a COVID-19

Desde el comienzo de la pandemia hasta hace relativamente poco, se creía que solo o primordialmente los adultos mayores eran en buena escala susceptibles a infección por coronavirus 2.

Se creía que los niños no padecían la enfermedad a pesar de saber que con frecuencia eran portadores del virus y que los adultos jóvenes eran considerados resistentes a enfermedad severa y de una mortalidad muy baja en relación a los adultos mayores de 60 a 70 años.

Los datos en años recientes han demostrado que los niños y adolescentes no solo pueden infectarse sino que hay un cierto grado de mortalidad que viene detrás de la necesidad de hospitalización y de usar en ellos las UCI.

De la misma manera, los adultos jóvenes y de edad media (20-24 a 40-50 años) se consideraban bastante resistentes a la infección por coronavirus 2 y por ende a COVID-19.

Poco a poco el perfil de edad ha venido cambiando y si bien los adultos mayores de 60 años y progresivamente en adelante tienden a padecer enfermedad severa y a tener mortalidad alta, en la actualidad se sabe que los individuos de 25 a 44 años están falleciendo a niveles de tasas históricas. Así lo reportó JAMA a mediados de Diciembre, anticipando casi 12.000 muertes más que las proyectadas históricamente en Estados Unidos.

En el país del Norte estiman que al finalizar el año habrá 170.000 muertes en ese grupo demográfico, un número sin precedentes. Muchas de esas muertes han ocurrido en negros y en hispanos aunque se ha observado variabilidad regional.

Desde un punto de vista epidemiológico se pueden derivar importantes hipótesis casuales que nos atrevemos a registrar.

En primer lugar los adultos de edad media no solamente llevan una vida más activa laboral y social, en razón de la cual están más expuestos a contagiarse y lo han venido haciendo de manera non chalant, es decir, con descuido, porque creen que pueden salir a los sitios de recreación, a reuniones y beber alcohol sin preocuparse.

Para ese grupo poblacional, hasta ahora, COVID-19 era un riesgo importante para los adultos mayores y no implicaba adherir con vigor a las medidas preventivas, sobre todo en relación al aislamiento social, al no involucrarse en reuniones de alta concentración y al mantener el distanciamiento recomendado de sus contemporáneos.

Esa situación debe cambiar y los adultos de edad media deben seguir los delineamientos preventivos porque de no hacerlo están corriendo riesgos importantes de infectarse y de contagiar a la familia y a otros allegados. Deben saber que no son refractarios y que sus riesgos tiendes a ser similar al de los adultos mayores.

Otro aspecto tiene que ver con los adolescentes que por su edad tienden a exasperarse con el aislamiento social y se saltan con las precauciones de reuniones aglomeradas donde no se cuidan con las medidas recomendadas como distanciamiento y tapabocas. Por ello se ha visto también un aumento en los casos de COVID-19 en los jóvenes.

Finalmente, otro aspecto que está evolucionando es el relativo a los niños pequeños se han creído portadores del virus, en ocasiones diseminadores pero solo ocasionalmente se han considerado víctimas.

Con los niños se deben tomar las medidas de bioprevención generales, sobre todo teniendo en cuenta que por su contacto con los adultos mayores pueden ser motivo de contagio y estrago en los ancianos de la familia.

Es oportuno recordar que incumbe a los profesionales de la salud educar a los diferentes grupos poblacionales sobre los riesgos de contagio y de enfermedad y tratando de convencer de las medidas de protección.

Es duro tener que acepar el aislamiento o al menos el distanciamiento social pero no hacerlo agravará la pandemia. Las implicaciones psicológicas son evidentes pero hay que aprender a aceptar las restricciones que la situación actual nos impone y para ello educar y educar es esencial e incumbe a quienes estamos en la medicina. La llegada de las fiestas de Fin de Año conlleva aumento en el deseo de holgorio pero debemos saber que no controlarlos tendrá consecuencias.

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